Sociología del Género

Enlace a lecturas

La cuestión femenina, o “el problema de la mujer”:

¿qué debían hacer las mujeres en un mundo industrial?

Desde el punto de vista masculino, era un problema de control social. La mentalidad que enmarcó la cuestión femenina nació con la aparición del nuevo orden, en la lucha contra la autoridad patriarcal.

El “buen salvaje” de Rousseau era, como su mujer ideal, “compasivo y dadivoso”. Darwin consideraba que algunas de estas facultades eran características de las razas inferiores y, por consiguiente, de un estado de civilización pasado y menos desarrollado. La ciencia dedujo que el cuerpo femenino era, “no sólo primitivo, sino patológico”, mientras que su psique era “terra incognita” o un enigma, según Freud.

La primera generación de feministas norteamericanas fueron racionalistas sexuales, complacientes con el mercado, o “mundo masculino” al que deseaban incorporarse, y críticas con el hogar “primitivo” en el cual la mujer casada que no trabajaba fuera se comparaba, según Charlotte Perkins Gilman, con una “prostituta y ama de llaves”. Sin embargo, la segunda generación de feministas adoptó el romanticismo sexual, asegurando que las mujeres debían tener voto porque eran madres, “las guardianas de la raza (blanca)”.

La ciencia, como “nueva religión de expertos”, asumió la defensa del romanticismo sexual que encajaba con las necesidades del sistema. Charlotte Perkins Gilman, Ellen Richards, Margaret Sanger o Jane Addams, fueron defensoras de que la ciencia y sus expertos representaban el progreso. Harían falta dos generaciones para que el “idilio” se deshiciera y las mujeres descubriesen que los expertos les habían traicionado a las ciencias y a ellas.

Apuntes extraídos de las páginas 23-57 de Por tu propio bien: 150 años de consejos expertos a las mujeres. Barbara Ehrenreich y Deirdre English. 2010.

 

temor al envejecimiento

Qué tiene de bueno que haya tantas personas mayores

Aunque se acepte que el proceso que nos ha traído el envejecimiento demográfico no es perverso, seguirá habiendo quien sostenga que todo funcionaría mejor si hubiese menos personas mayores, porque son una carga para el resto de edades.

Si se acepta esta afirmación, sólo quedan dos soluciones: eliminar viejos y discapacitados, como hizo el régimen nazi, o fomentar más juventud, por la vía natalista o incentivando la inmigración de jóvenes. Ya se ha argumentado que ésta es una concepción errónea de las poblaciones, estática, no evolutiva, donde las edades no tienen pasado y suponen clases de personas, no etapas de la vida. Pero no es necesario, porque incluso la premisa principal, que “las cosas irían mejor sin tantas personas mayores”, es falsa.

En primer lugar, en estrictos términos demográficos, mantener la pirámide del pasado a la vez que se mejora le esperanza de vida (recuérdese que no ha dejado de hacerlo desde hace más de un siglo) provocaría ritmos de crecimiento explosivos que degradarían
enormemente no sólo los recursos disponibles, sino nuestras condiciones de vida en general.

Pero el principal error está en suponer que la vejez es una carga social. En esa convicción se unen la concepción estática de las edades (como si fuesen entidades inmutables y ya conocidas que las personas van atravesando sin cambiarlas), y una realidad histórica: en el pasado los mayores han sido una parte de la población muy vulnerable y necesitada.

En efecto, los ciclos de vida típicos del pasado no sólo eliminaban a la mayoría de las personas antes de su vejez; los escasos supervivientes la alcanzaban, además, en pésimas condiciones. Cuando en España se hicieron los primeros estudios sociológicos sobre la vejez, allá por los años setenta y ochenta del siglo XX, los impulsores fueron organizaciones benéficas como Caritas o Cruz Roja, y los resultados confirmaron un cuadro triste. La vejez mayoritaria se caracterizaba por la mala salud, la pobreza, la escasez de estudios y cultura, la soledad (especialmente en forma de mujeres viudas), el aislamiento en zonas rurales o el desarraigo y la desconexión del entorno en las urbanas, la movilidad reducida, la casi nula participación social.

Suponer que esas características corresponden a la vejez “per se” es un error en el que se sustentan la mayoría de las alarmas demográficas. Lo cierto es que ese dibujo corresponde a un momento muy particular, encarnado por unas generaciones muy concretas y damnificadas por su historia anterior. Quienes nacieron en el primer cuarto del siglo XX en España, vivieron su juventud durante la guerra civil, su vida adulta en la posguerra, y la madurez en los años cincuenta y sesenta. Al llegar a la vejez arrastraban un amplio bagaje de desastres materiales y humanos: múltiples crisis de sistemas políticos y de gobierno, el hundimiento del sistema económico basado en el sector primario, al ocaso del mundo rural y la masiva emigración a las ciudades, la perdida de valor de sus conocimientos, su patrimonio o su forma de ganarse la vida. Llegaron, además, sin colchón económico o social, sin pensiones contributivas. Buena parte de su trabajo no fue asalariado, la mayoría eran mujeres viudas, el Estado del Bienestar estaba apenas desarrollado, y el mundo era de los jóvenes.

En cambio la nueva vejez actual recoge toda una vida de mejoras generacionales muy sustanciales, empezando por la simple supervivencia, y en las próximas décadas este proceso se acentuará aún más hasta hacer común vidas de más de noventa años. Pero previamente largas vidas de trabajo y de cotización han contribuido a la prosperidad económica del país, y a que hoy se alcance la vejez en una situación muy distinta a la de hace escasas décadas. La extensión generacional de las vidas completas (no interrumpidas o arruinadas por guerras, hambrunas o grandes epidemias), de una infancia no interrumpida prematuramente por el trabajo precoz, escolarizada, incluso con estudios medios (también para las mujeres), la posibilidad de tener pocos hijos y dotarlos bien, la de tener un patrimonio propio (una amplia mayoría son propietarios de su vivienda al cumplir los 65), la de envejecer con la pareja en vez de enviudar pronto… todo apunta a una nueva vejez no sólo abundante, sino revolucionaria en sus capacidades de apoyar a sus ascendientes y descendientes, a sus propias parejas y coetáneos, a las sociedades de las que forman parte.

Mucho se habla del coste de las pensiones (en su mayor parte salario diferido ganado trabajando, no debe olvidarse), pero pocos analistas económicos nos explican que los mayores fondos privados para invertir a largo plazo y en sectores emergentes de alto riesgo, se han creado y se engrosan gracias al cambio en la pirámide de población y al capital de quienes hoy envejecen (por no hablar de su contribución a aplacar los efectos de la crisis de empleo ayudando a los jóvenes de la familia). Pero también en el sistema público las cotizaciones laborales generaron siempre superávit a medida que las nuevas generaciones extendían su supervivencia y mejoraban sus características, y ese excedente de caja, hasta los pactos de Toledo, nunca se almacenó para los futuros pensionistas, sino que se empleó en mejorar el propio Estado, sus servicios y sus infraestructuras. Poco se habla de la ventaja que supone para cualquier país que en su economía el consumo se encuentre diversificado en vez de concentrarse en hogares de personas adultas con niños (desde el sector del turismo, tan importante en España, o desde el del transporte, podrían ponderarse mucho las ventajas de una pirámide como la actual). Se acepta que el gasto sanitario se ha disparado por culpa de la vejez (es falso, el cambio de la pirámide apenas explica el 6% de su crecimiento) pero es raro el reconocimiento del impulso que ha supuesto a la mejora sanitaria, al avance en la investigación (pero también en el negocio) en medicina y en farmacología, al aumento
del empleo en servicios.

Ningún Estado contemporáneo ha dado con la fórmula para obligar a sus ciudadanos a revertir las tendencias demográficas modernizadoras. La supervivencia y buena crianza de quienes nacen sigue siendo cada día más importante para quienes les traen al mundo, y el empeño en dotarles de una vida completa es un esfuerzo privado y colectivo que cada día cuenta con más recursos y esfuerzos. Esto es lo que ha revolucionado literalmente las poblaciones humanas, empezando por la duración de la vida, siguiendo por la relajación de las altísimas fecundidades del pasado, y extendiéndose por tanto a la forma de la pirámide poblacional y a la significación de todas las etapas de la vida. Y esa revolución no ha terminado, sino que impulsa la mayor de las transformaciones sociales del mundo contemporáneo: la que experimenta la vejez recogiendo todas las mejoras vividas anteriormente, desde la infancia.

No son la elevada esperanza de vida, la baja fecundidad o la nueva pirámide de población los que deben provocar sensación de peligro; es el miedo al cambio demográfico lo que resulta erróneo y peligroso. Las sucesivas generaciones de personas mayores están cambiando el mundo para bien, desde que nacieron, y lo harán todavía más en las próximas décadas. A las sociedades contemporáneas les urge apoyar y aprovechar estas novedades, en vez intentar revertirlas.

Pérez Díaz, Julio (2016). “El temor al envejecimiento demográfico”en Joan Subirats Humet et. al. (2016) Edades en transición. Envejecer en el siglo XXI. Barcelona, Ed. Ariel (pp. 44-54).

T5_PÉREZ_DÍAZ_2016_El_temor_al_envejecimiento_demográfico

Empezar de cero


Con la colaboración de @asnucinuevosciudadanos @cnaae_ 
Realizado por vivianeogou y jesusminchon

"¿Qué pasaría si tu casa se quemara año tras año y tuvieras que empezar de cero? Esta es la realidad de los jornaleros migrantes de Lepe. Los conocidos como temporeros de la fresa, llevan años reclamando acceso a una vivienda digna. Cuentan con ingresos para alquilar, pero nadie quiere ceder sus propiedades. Todo ello les obliga a vivir en chabolas de palés y plástico que arden año tras año, dejándoles sin nada. EMPEZAR DE CERO es un documental que recoge esta realidad, y te presenta a @seydoudiopp, el jornalero senegalés que está construyendo el primer albergue autogestionado para los temporeros".

cuidado

La nueva normalidad* es la crisis aumentada de la normalidad vigente. Una normalidad que –recordando las recientes palabras de Naomi Klein–, ya era en sí misma una crisis.

«La nueva normalidad* es una expresión perversa». Alicia Aradilla, Socióloga especializada en neurolingüística.

(…)

-Peridista TVE: Uno de los cambios es que todo va a estar más limpio, en un sentido metafórico también…

-Alicia Aradilla: ¿Limpio en qué sentido? (…) ¿La Economía que se lava las manos?

(Fragmento de entrevista en Las mañanas de la 1, TVE. 6 de junio)

 

evasión

Good Morning, 1959. Yasujirō Ozu.
The Breakfast Club, 1985. John Hughes.
But I'm a Cheerleader, 1999. Jamie Babbit.
Suspiria, 1977. Dario Argento.
Puta y amada, 2018. Marc Ferrer.
Bound, 1996. The Wachowskis.
Let Me In, 2010. Tomas Alfredson.
We need to talk about Kevin, 2011. Lynne Ramsay.
She's Gotta Have It, 1986. Spike Lee.
Do the Right Thing, 1989. Spike Lee.
El sur, 1983. Víctor Erice.
Brief Encounter, 1945. David Lean. 
3-Iron, 2004. Kim Ki-duk. 
Extraterrestre, 2011. Nacho Vigalondo. 
*batteries not included, 1987. Matthew Robbins. 
The World's End, 2013. Edgar Wright.
El día de la bestia, 1995. Álex de la Iglesia.
El bar, 2017. Álex de la Iglesia.
Reservoir Dogs, 1992. Quentin Tarantino.
You Were Never Really Here, 2017. Lynne Ramsay.
Diamond Flash, 2011. Carlos Vermut.
Crumbs, 2015. Miguel Llansó.
A Field in England, 2013. Ben Wheatley.
La escopeta nacional, 1978. Luis García Berlanga.
Amarcord, 1973. Federico Fellini.
El espíritu de la colmena, 1973. Víctor Erice. 
El extraño viaje, 1964. Fernando Fernán Gómez. 
El anacoreta, 1977. Juan Estelrich March.
Persona, 1966. Ingmar Bergman.
La vida secreta de las palabras, 2005. Isabel Coixet.
Things I Never Told You, 1996. Isabel Coixet.
La Pointe Courte, 1956. Agnès Varda.
Sombras en el paraíso, 1986. Aki Kaurismäki.
Scabbard Samurai, 2011. Hitoshi Matsumoto. 
Symbol, 2009. Hitoshi Matsumoto. 
The Man from Earth, 2007. Richard Schenkman.
The Trial, 1962. Orson Welles.
12 Angry Men, 1957. Sidney Lumet. 
The Naked Island, 1960. Kaneto Shindō.
Dans la Ville blanche, 1983. Alain Tanner.
La nave bianca, 1941. Roberto Rossellini.
Seconds, 1966. John Frankenheimer.
Get Out, 2017. Jordan Peele.
Les Yeux sans Visage, 1959. Georges Franju.
Following, 1998. Christopher Nolan.
R100, 2013. Hitoshi Matsumoto.
Contraté a un asesino a sueldo, 1990. Aki Kaurismäki.
Un condamné à mort s'est échappé, 1956. Robert Bresson. 
Cléo from 5 to 7, 1962. Agnès Varda.
Sans toit ni loi, 1985. Agnès Varda.  
La Passion de Jeanne d'Arc, 1928. Carl Theodor Dreyer.
Vivre sa vie, 1962. Jean-Luc Godard.
Viridiana, 1961. Luis Buñuel.
What Ever Happened to Baby Jane?, 1962. Robert Aldrich.
Colossal, 2016. Nacho Vigalondo
Dogville, 2003. Lars von Trier.
Parasite, 2019. Bong Joon-ho.
The Servant, 1963. Joseph Losey.
El ángel exterminador, 1962. Luis Buñuel.
Belle de jour, 1967. Luis Buñuel. 
Le locataire, 1976. Roman Polański. 
Repulsion, 1965. Roman Polański.
The Offence, 1973. Sidney Lumet.
A Woman Under the Influence, 1974. John Cassavetes.
Dolores Claiborne, 1995. Taylor Hackford.
Misery, 1990. Rob Reiner.
La maman et la putain, 1973. Jean Eustache. 
Bitch, 2017. Marianna Palka. 
Good Dick, 2008. Marianna Palka. 
Je, tu, il, elle; 1974. Chantal Akerman. 
Dogtooth, 2009. Yorgos Lanthimos. 
The Miracle Worker, 1962. Arthur Penn. 
The Enigma of Kaspar Hauser, 1974. Werner Herzog.

 

influenza

-Desde diciembre ya han pasado cuatro meses.

(DIALOGUE 3. VÉRONIQUE)

Lo que me hizo descubrir el marxismo-leninismo… al principio Nanterre me aburría porque es una facultad en mitad de los suburbios, pero poco a poco me di cuenta de que eso era la auténtica filosofía en un barrio obrero, que era el lugar más adecuado.

-¿Y viven todos juntos?

-Sí, nos han metido en las mismas jaulas para conejos que a los obreros, pero los conejos se multiplican… Y, por la mañana, cuando voy allí me cruzo con los hijos de los obreros argelinos y con los mecánicos de la Simca.

-¿Y se ven cada día?

-Sí, bueno, en fin, yo creía que me cruzaba con ellos, pero en realidad llevábamos el mismo camino, o sea que paramos en los mismos bares, nos bajamos a la misma hora en la misma estación, nos moja la misma lluvia, tenemos casi el mismo trabajo… Y entonces fue allí donde comprendí las tres desigualdades fundamentales de un régimen capitalista y, sobre todo, del régimen gaullista francés.

-¿Cuáles son?

-Pues bien, primero, indistinción entre trabajo intelectual y trabajo manual; segundo, entre campo y ciudad, en fin, y yo me doy cuenta constantemente con Yvonne… y tercero, entre agricultura e industria. Eso también me llevó a estudiar seriamente el marxismo-leninismo… bueno, “seriamente” quiere decir que si yo tuviera valor iría a dinamitar la Sorbona, el Louvre y la Comédie-Française.

21:50-23:23. La Chinoise, 1967. Jean Luc Godard.

domingo

La belleza es, en palabras de Lautréamont, «el encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas». El arte así entendido está animado evidentemente por la agresión, agresión hacia la supuesta convencionalidad de su público y, sobre todo, agresión hacia el ambiente mismo. La sensibilidad surrealista pretende sorprender mediante sus técnicas de yuxtaposición radical. Incluso uno de los métodos clásicos del psicoanálisis, la asociación libre, puede interpretarse como otro resultado del principio surrealista de yuxtaposición radical. La técnica freudiana de interpretación, al tomar por oportuna toda declaración impremeditada hecha por el paciente, se revela basada en la misma lógica de coherencia detrás de la contradicción a la que estamos acostumbrados en el arte moderno. Con esa misma lógica, el dadaísta Kurt Schwitters produjo sus brillantes construcciones Merz de los primeros años veinte, partiendo de materiales deliberadamente inartísticos; uno de sus collages, por ejemplo, está formado con los desperdicios de un solo bloque de edificios. Esto recuerda la descripción de Freud de su método de adivinación del significado a partir del «basurero… de nuestras observaciones», de la consideración de los más insignificantes detalles; como límite de tiempo, la hora diaria de análisis con el paciente no es menos arbitrario que el límite de espacio de un bloque de cuyo alcantarillado se recogió la basura; todo depende de los accidentes creativos de adecuación y penetración. Es también posible ver una especie del principio involuntario del collage en muchos artefactos de la ciudad moderna: la brutal desarmonía de estilo y tamaño de los edificios, la salvaje yuxtaposición de anuncios de comercios, la estridente composición de los periódicos modernos, etcétera.

Los happenings: un arte de yuxtaposición radical, Contra la interpretación y otros ensayos (1966), S. Sontag. Editorial Debolsillo. Pág. 345.

“Es la fotografía la que mejor ha mostrado cómo reunir el paraguas con la máquina de coser, el encuentro fortuito que un gran poeta surrealista encomió como epítome de lo bello”.
(pp. 80-82). Susan Sontag, Sobre la fotografía, 1ra edición, Buenos Aires, Alfaguara, 2006.

microgramas

Las palabras que deseo pronunciar aquí tienen voluntad propia

Las palabras que deseo pronunciar aquí tienen voluntad propia, son más fuertes, más poderosas que yo, y tengo la impresión de que desean dormir, o que no les gusta ser lo que son, como si no consideraran su singularidad lo bastante interesante, y no me sirve de nada despertarlas, pues no responden a mi ruego: «¡Levantaos!», y naturalmente yo mismo considero muy ingenioso amén de inusualmente bello cómo, por así decirlo, no reconozco mis palabras, incluso no dejo ni siquiera que se conozcan ellas mismas, y, al hollar la pálida llanura montañosa, yo no tenía ganas de reconocerme como el que era, más bien me pareció ingenioso convencerme de que yo era fulano de tal que se sacaba del bolsillo el reconocimiento de ser por completo irreconocible. Cada vez que todo aquel que se topaba conmigo reconocía amablemente mi incógnito, yo inspiraba con el mayor placer algo que denominaría aire si juzgara conveniente mencionar siquiera lo que me llenaba el pecho. […] recorrían el paisaje de mi singularidad que en modo alguno me pertenecía como un no sé qué carente de nombre, de la misma manera quizá en que una mujer vestida de etiqueta atravesaba un salón vivamente iluminado alrededor de la medianoche, cuando todos los buenos que a veces suelen ser un poco malos viven del modo más longitudinal que hay, es decir, en la cama. Tendido, corría con ruidoso y resonante silencio sobre los cuchillos desenvainados que me besaban, cosquilleaban los pies, aunque tal vez hubiera sido más acertado subrayar que se doblaban complacientes bajo mis pasos. Cuchillo, ah, qué expresión sonora, ingenua, inocente, simple. ¿No encierra cada palabra una indiscreción y cada yo una impertinencia? La tierra inexistente sobre la que yo caminaba, quieto, no me dejaba creer en ella ni un solo instante. Lo inefable, que podría describir muy bien si lo considerase oportuno, se alzaba ante mis ojos, que merecen ser vaciados en el acto por no haberse negado a que les diera un nombre. Belleza repugnante de ver, cosas muy informes que tenían cien mil años deseaban ser examinadas por mi ceguera. A continuación extraje algunos niños pequeños de la diversidad de mi ser y, bajo la vigilancia de profesores que me imaginé de repente, [los hice] no jugar en absoluto, porque si yo hubiera dicho que jugaba, tal vez habría ofendido el academicismo que llevo dentro. Caballos y vacas, que mejor no hubiera mencionado nunca con inoportunidad sonora, hacían no sé qué y parecían dedicarse a una actividad que, si se desea a todo trance, cabe definir como comer hierba. El rostro del mundo se parecía a la faz de una humillada con la atroz preocupación de poder siquiera aparentar alguna vez el deseo de reflejar una emoción. Estar desagradablemente impresionado podría resultar más adecuado que cometer la imprudencia de amar y al mismo tiempo odiar a muerte. Empapado de veneno y animado seguí siendo la salud misma, irradiando fealdad encarné la certeza de que yo era la fachada inalterable del edificio más lujoso como el que se sentía mi bondad medio derrumbada. Cada vaca portaba un cencerro al cuello, y cada sierra o pico miraba por encima del hombro a la cima vecina, y en todos esos quedos alrededores saltaban ahora de un lado a otro como una orquesta los tonos de los cencerros igual que sensatas figuras de locos, cuya inaudibilidad se veía del modo más claro y cuya visibilidad no se oía por parte alguna. Con indiscutible libertad lingüística llego al punto de decir que aquí y allá algunas de las vacas que pastaban se lamían el espinazo o azotaban el pacífico y dulce suelo con la atrayente sinuosidad de la cola o rabo, y con todo eso, este poema, pues por tal lo tengo, escrito en mi habitación burguesa, no constituye únicamente un esfuerzo por suscitar una pizca de seriedad en aquellos que se esforzarán en vano por comprender el presente eslabón de la cadena de mis escritos en prosa, que creen ser demasiado listos y [no] son capaces de conservar la serenidad ante una chispa de estupidez, que aún no han aprendido ni siquiera a volverse ignorantes, que hasta ahora no han tenido la idea de distinguirse por una brillante falta de ideas, que a menudo no temen ser decentes de una forma colosalmente indecente, que nada sospechan del nacimiento de la razón, del hermoso deseo de que ella no viva nada en absoluto, y a los que apenas se puede convencer de que aquí se ha emprendido el curioso intento, acaso no del todo carente de interés, de decir algo trivial, de deshacer la sensatez, como si dicho intento fuera una Melancolía apoyando la mano sobre un globo terrestre, acaso ideada por Durero. Puedo asegurar que me ha costado mucho comportarme irreflexivamente. Como si no supiera lo que es el buen tono, pero ¿qué se hace con él hoy que tenga importancia? Mirando mi tarea de hoy, he comenzado como quien dice con algo heroico y a continuación he recobrado, complacido, la razón, y el atolondrado comienzo ha sido más difícil que el encuentro, que en realidad ha ocurrido de manera espontánea. Es tan sencillo no equivocarse. De todos modos atenerse a lo justo, a lo conveniente, puede considerarse comodidad. Qué perplejo me mira ahora el que me exigía con cara de integridad algo barata, como si tampoco a él lo hermosease una patraña, que esta vez hiciera el favor de cuidar de mí mismo, lo que él no pudo hacer mientras vivía. Él nunca mintió, y cuánto lo siente, y por todo esto sabe que lo conozco a la perfección. Cuántas veces me negó su aprobación con mala conciencia. Porque él está descontento y siempre se comportó conmigo como si yo no poseyera inteligencia suficiente para discrepar. Pero ahora lo he demostrado.

Pág. 189-192. Escrito a lápiz. Microgramas II (1926-1927). Robert Walser. Libros del Tiempo Ediciones Siruela.

Identidad

Vives donde vives,
trabajas en lo que trabajas,
hablas como hablas,
comes lo que comes,
llevas la ropa que llevas,
miras las imágenes que ves…

Cada uno vive como puede.
Uno es quien es

“Identidad”…
de una persona,
de una cosa,
de un lugar.

“Identidad”
La palabra en sí me estremece.
Suena a calma, comodidad, satisfacción.
¿Qué es la identidad?
¿Saber de dónde eres?
¿Conocer tu valía?
¿Saber quién eres?
¿Cómo se reconoce la identidad?
Nos estamos creando una imagen de nosotros mismos,
tratamos de parecernos a ella…
¿Es eso lo que llamamos identidad?
¿El acuerdo
entre la imagen que hemos creado
de nosotros mismos
y… nosotros mismos?
¿Quién es ese “nosotros”?

Vivimos en las ciudades.
Las ciudades viven en nosotros…
el tiempo pasa.
Nos mudamos de una ciudad a otra,
de un país a otro.
Cambiamos idiomas,
cambiamos de hábitos,
cambiamos de opiniones,
cambiamos de ropa,
lo cambiamos todo.
Todo cambia. Y deprisa.
Las imágenes sobre todo,
cambian más y más rápidamente,
y se han estado multiplicando a un ritmo infernal desde la explosión que desató la aparición de las imágenes electrónicas.
Las mismas imágenes que están ahora sustituyendo a la fotografía.
Hemos aprendido a confiar en la imagen fotográfica.
¿Podemos confiar en la imagen electrónica?
Con la pintura todo era sencillo.
El original era único y cada copia era una copia, una falsificación.
Con la fotografía y el cine empezó a complicarse.
El original era un negativo.
Sin una copia no existía.
Justo lo contrario.
Cada copia era el original.
Pero ahora con las imágenes electrónicas y el sonido digital ya no existe ni el negativo ni el positivo.
La idea del original está obsoleta.
Todo es una copia.

“Notebook on cities and clothes”, Wim Wenders.